Sinceramente, nunca pensé en ser médico "Para ayudar a la gente", "Para salvar vidas" o ideas semejantes (las cuales respeto profundamente), en realidad fueron muchas causas menores que en su conjunto me llevaron a elegir esta carrera de vida: estudiar Medicina era como un reto para mí y siempre me han gustado los retos que me he impuesto, la veía así por el afamado examen de admisión, por las anécdotas de ser un estudio sin fin, una licenciatura de grandes sacrificios, una exposición constante a aquellas cosas que no todos soportan (fluidos, olores, pudor, muerte, dolor, por mencionar algunas); quise estudiar Medicina porque necesitaba tener mi agenda repleta, por una parte debido a que desde el quinto semestre del bachillerato me volví un tanto hiperactivo y, por otra, la veía como un escape a embrollos de la adolescencia; también estaba el aspecto económico, no lo niego, está demás decir que aún el gremio de la bata blanca goza de cierto prestigio en ese ámbito aunque, ahora que lo pienso, no creo que económicamente sea una buena fórmula si tomamos en cuenta todo lo invertido material e inmaterial aunque sí he obtenido otras "cosechas" en diferentes ámbitos mucho más satisfactorias que el dinero. Una más de las razones era mi gran curiosidad al respecto del funcionamiento del cuerpo y transformar ese saber en una herramienta. Hoy sé que es realmente poco lo que he aprendido y todos los días me formulo más preguntas sobre ese engranaje corporal.
Hubo muchas razones más, con menor impacto cada una pero sumadas me convencieron de elegir ser médico. No ha sido fácil pero tampoco ha sido tan difícil como parece, "si enfocas un objetivo en tu mente y no desistes en alcanzarlo seguro lo lograrás''. Hay ocasiones en las que no he obtenido el 100% de lo que planeé originalmente mas si hubiera querido alcanzar algo menos importante tal vez lo logrado hubiera sido todavía menor.
¿Qué he sacrificado?, como seguramente cualquier otro colega algo de lo más valioso que he dado a cambio han sido mi familia, mis amigos y siete años de juventud. Tal vez suene dramático y no intento serlo, fue lo que pasó y pienso que no había otra manera. Se necesita darlo todo y aún así no es suficiente. "Luego vendrán las recompensas" me decían y ya las comienzo a ver: logro contribuir en lo posible para la mejoría o el mantenimiento de la salud de quienes me rodean; he sido el primero en cargar en brazos a los pequeñitos que espero mañana sean los gigantes que el mundo necesita; he dado un poco de paz en los últimos minutos de varias personas, cuando nadie más estuvo a su lado; he quitado el dolor cuando ha sido lo único humanamente ofrecible a esos enfermos; he tenido el lujo de decir "No se preocupe, no me debe nada" cuando me extienden su mano ofreciendo los tres o cuatro pesos que de un viejo y estropeado bolsillo han sacado al no tener más.
La carrera de Medicina no se acaba al terminar la escuela o el internado o el servicio social, realmente allí comienza. Esperan quizá una especialidad, una maestría, cursos, diplomados, seminarios y lo que se crea conveniente. Ser médico implica renovarse a diario, superar constantemente lo logrado, evitar los errores, reconocerlos y corregirlos cuando se hayan cometido. Ser médico también conlleva ser más humano, atender a todos por igual sin prejuzgar, NUNCA ver a otros por encima del hombro por la razón que sea. Ser médico le da forma al carácter y eso lo he visto aún cuando lo que hago en mi vida diaria no es siempre el ejercicio de la Medicina.
En el Internado valoré el sueño, el descanso, más que nunca la comida y la buena compañía, le tomé gusto al café incluso en los días más intensos del verano. Supe que puedo realizar mil tareas con un solo alimento, diez minutos de reposo y sin alguien que me asista en casa.
En las aulas de la Facultad me acostumbré a los nombres raros de enfermedades, autores, leyes o principios; me familiaricé con el olor del anfiteatro, de la morgue, de los perros para disección y hasta de mis compañeros desvelados y sin bañar que llegaban al examen a las siete de la mañana (uno ignora su propio aroma); no iba al gimnasio pero llevaba a cuestas libros de peso pesado a cualquier lugar, hasta en mis vacaciones quería llevarlos, afortunadamente desistí en ello. Conocí muchos secretos de amigos y no tan amigos, así como hoy los pacientes me confiesan sus aventuras y piden un remedio a sus consecuencias. Encontré en mis compañeros a mis verdaderos amigos, así como también supe quienes nunca lo fueron. Me enfrenté a mis propios miedos y limitaciones. Logré vencer el mayor obstáculo: mi Ego, ese yo que me empuja con fuerza a la victoria pero también me llevó al precipicio en una ocasión.
Hoy estoy por subir un escalón más en esta escalera ascendente y sin fin, tratando de evitar las mismas equivocaciones, esperando lograr superar mis metas y encontrar más amigos de los que ya tengo. No defraudaré mis convicciones, de eso estoy seguro.